La Leyenda de la Campana de Huesca, aparece por primera vez en la Crónica de San Juan de la Peña (siglo XIV). En esta Crónica se cuenta que los nobles aragoneses desobedecían a su rey, Ramiro II el Monje (que fue rey de Aragón entre 1134 y 1137), teniendo aquellos al reino sumido en el desorden. El monarca decidió entonces pedir consejo al que había sido su maestro en el monasterio francés de San Ponce de Tomeras, en el que Ramiro había sido monje. Su antiguo maestro, condujo al mensajero del rey al huerto del monasterio y por toda respuesta, cortó las coles que más sobresalían diciéndole que contara a su rey cuanto había visto.

Ramiro, al conocer lo sucedido, comprendió que el huerto simbolizaba su reino y que las coles eran sus nobles más poderosos. Decidido ya a terminar con la nobleza, el rey convocó Cortes en Huesca, pretextando para ello que quería hacer una campana tan grande, que se oyera en todo el reino. Pero cuando los principales nobles llegaban a palacio, los hombres de Ramiro los detenían y decapitaban de inmediato. Tras este castigo, Ramiro II consiguió devolver la paz a su reino.

El famoso cuadro del pintor palentino José Casado del Alisal puede contemplarse en el Salón del Justicia del Ayuntamiento de nuestra ciudad, cedido en 1950 por el Museo de Arte Moderno.

La Crónica de San Juan de la Peña cifra en 15 los nobles ejecutados. Casado del Alisal sólo ha pintado 13 cabezas, pero ha querido formar con ellas una campana: doce cabezas forman un circulo en el suelo, como si fueran la base de la campana, y otra más (la del más rebelde según cuentan) está colgada de una cuerda a modo de badajo. La escena representada en el cuadro recoge el momento en que Ramiro II muestra su terrible campana al resto de sus nobles.

De acuerdo con una tradición muy arraigada en Huesca, el lugar donde sucedieron estos hechos es la sala contigua al Salón del Trono del Palacio de los Reyes de Aragón, actualmente el Museo Provincial y antigua Universidad Sertoriana, conocida como la Sala de la Campana.

El Rey Ramiro II abdicó en su hija Doña Petronila en 1137, retirándose al Monasterio de San Juan de la Peña donde murió. Sus restos se encuentran actualmente en la cripta del Claustro de San Pedro el Viejo.

La leyenda de la Campana de Huesca aparece por primera vez en la Crónica de San Juan de la Peña en el siglo XIV. Un Romance Anónimo del siglo XII relata el macabro suceso, romance que reproducimos también en nuestras cajas de "CAMPANAS DE HUESCA":

 

Don Ramiro de Aragón,
el rey monje que llamaban,
caballeros de sus reinos
asaz lo menospreciaban,
que era muy sobrado manso
y no sabidor de armas,
por lo que no le obedecen,
por lo que le desacatan.


Enviado ha un mensajero
al monje que lo criara,
a San Ponce de Tomeras
donde el buen abad moraba,
porque él le diese consejo
en la bajeza en que estaba.


El mensajero se parte
y al abad le da una carta.
El abad no le responde;
en la huerta sólo entraba
el mensajero con él,
que respuesta le demanda.
El abad le despachó
sin hablarle una palabra.

La respuesta que le diera
fuera cifra bien cerrada,
que sacando allí un cuchillo,
las ramas altas cortaba.
Despedido el mensajero,
mal contento se tornaba.
Como fue llegado al rey,
le dijera estas palabras:

-“Mal recaudo os traigo, rey,
que el monje no vos preciaba,
ni me quiso dar respuesta;
creo que de vos burlaba;
entróse luego a una huerta
en leyendo vuestra carta,
y afilando allí un cuchillo,
las ramas emparejaba.”

Oyendo aquestas razones
el rey las disimulara:
Entendió bien la respuesta
y el consejo que le daba.
Hizo llamar a las Cortes,
a Cortes que celebraba:
dice que hacer quería
una solemne campana
que se oyese por el reino
y sonase en toda España.

Viérades de esto gran risa;
los grandes de ello mofaban.
En esa ciudad de Huesca
muchas gentes se juntaban;
Llamó un día a los señores,
y en su cámara les habla,
y a sus hijos herederos
hizo quedar en la sala.

En entrando, todos ellos
viéronse entre gente de armas;
mandó cortar las cabezas
a los que más se burlaban.


Quince fueron sentenciados,
a los otros perdonara.
Mandó sacar las cabezas
a los mozos de la sala:
díjoles que eran sus padres
todas las que allí miraban,
porque le tenían en poco
y en su presencia burlaban;
que viesen aquel ejemplo,
y ellos mojasen la barba.
Así fue temido el monje
con el son de esta campana.
 

     
 

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